Junio 5th, 2008
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La madera era uno de los materiales más comunes a la hora de fabricar juguetes. ¿Cuantas sierras de marquetería habremos roto?
Para construir el Pinball (máquina de bolas) se necesitaba, además de una canica gorda o una bola de acero, dos pinzas de la ropa, una tabla buena y un puñado de clavos.

Otro elemento que nos dio más de una alegría por la cantidad de usos posibles (sobre todo para disparar) fueron las gomas, gomillas y gomones, para la maquinita se necesitaba un buen puñado de elásticos.

Había que hacerse también con unas cuantas tapas de tarros, no había problema en acudir a la despensa y dejar varios envases sin tapa sin pararme ni un segundo a pensar en su contenido.

Para empezar había que marcar con un rotulador o un lápiz todos los carriles y sitios de rebotar que queríamos para nuestra tabla recreativa, por lo general se intentaba emular (con resultado patético) a las que ponían en los bares.

Martillo o elemento golpeante sustitutivo en mano se claveteaba el dibujo y se pegaban las tapas a la plantilla, engomándolo todo y dando varias vueltas a las gomas para dejarlas lo más tensadas que se pudiera y ya empezábamos a probar la inclinación con la bola.

Por lo general imaginábamos un diseño cañero para pintarlo, incluso se planeaban mecanismos eléctricos o electrónicos y resortes mecánicos increíbles pero al final acabábamos dándole tres brochazos a témpera en plan “aquí te pillo aquí te juego” y procedíamos a usarlo.

Su funcionamiento era completamente manual, así que la potencia de las pinzas engomadas rara vez llevaba la bola más allá de medio tablero y teníamos que ir contabilizando los puntos obtenidos de memoria, pero daba completamente lo mismo. Tener una máquina a la que no había que “echarle” monedas ya de por sí era un triunfo absoluto.
Tardábamos horas en montarlo y minutos en aburrirnos de jugar, pero volvíamos al poco tiempo empezábamos uno nuevo, siempre creyendo que podíamos montar la máquina perfecta.
Llegué a ver verdaderas virguerías. Auténticos intentos dignos, réplicas de las que conocíamos, con patas, marcador de luces, dibujos bien hechos, laberintos y lámparas que como era de esperar funcionaban como el culo y a la de tres meneos se desmontaban para acabar convertidas en una divertida hoguera.
No había fracaso que no pudiera alegrar una gran fogata improvisada.
Próximas entregas:
-Cine en casa




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